UN ARMAGEDÓN NUCLEAR POR ERROR.

Año 1979. Un oficial aporrea de madrugada la puerta de William J. Perry, vicesecretario de Defensa de la Administración Carter. Los radares de la Defensa Aérea muestran que 200 misiles balísticos intercontinentales se dirigen a Estados Unidos. Cuando ya se disponen a despertar al presidente, descubren que alguien había insertado una grabación de prueba en el sistema de alertas. “Por un segundo, que me paró el corazón, pensé que mi peor pesadilla nuclear se había transformado en realidad“, contó Perry en su libro “Mi viaje al borde del abismo nuclear”.

3 de junio de 1980. Eran las 02.30 de la mañana cuando los ordenadores del Centro de Mando Militar Nacional emiten una alerta urgente: la Unión Soviética ha lanzado un ataque nuclear contra Estados Unidos, culminando de la tensión entre ambos países a raíz de la invasión de Afganistán. La Administración Federal de Aviación se dispuso a aterrizar todos los aviones comerciales al tiempo que el mando militar ordenaba despegar los cazabombarderos. Los equipos de misiles balísticos activaron sus llaves facilitando un eventual lanzamiento, a la espera de la orden de contraataque.

“El consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, dormía cuando sonó el teléfono. Su ayudante militar, el general William Odom, le llamaba para informarle que 220 misiles lanzados desde submarinos soviéticos se dirigían a EEUU. Brzezinski le dijo a Odom que obtuviera confirmación. Un ataque de represalia debía ser ordenado rápidamente, Washington podría ser destruido en cuestión de minutos. Odom respondió con una corrección: en realidad, se habían lanzado 2.200 misiles soviéticos. Brzezinski decidió no despertar a su esposa: prefería que muriera mientras dormía. Mientras se preparaba para llamar a Carter y recomendar un contraataque estadounidense, el teléfono sonó por tercera vez. Odom se disculpaba: era una falsa alarma. La investigación posterior descubrió que un chip defectuoso en un dispositivo de comunicaciones había generado la lectura errónea. El chip costaba cuarenta céntimos”.

Lo contaba Eric Schlosser, autor del libro Mando y control: armas nucleares, el accidente de Damasco y la ilusión de la seguridad, en un artículo publicado por el New Yorker, titulado La Tercera Guerra Mundial, por error, donde denunciaba cómo la retórica belicista y la vulnerabilidad del sistema de mando y control nuclear nos acerca más que nunca al riesgo de una catástrofe global. “El libro explica cómo los sistemas diseñados para gestionar el uso de armas nucleares, como todos los sistemas tecnológicos complejos, son inherentemente defectuosos.Son diseñados, construidos, instalados, mantenidos y operados por seres humanos. Pero el fracaso de un sistema de comando y control nuclear puede tener consecuencias mucho más serias que el desplome de una web de contactos debido al exceso de tráfico o retrasos en los vuelos causados por un error de software. Millones de personas, tal vez cientos de millones, podrían ser aniquilados inadvertidamente”.

26 de septiembre de 1983. Stanislav Petrov era el oficial de guardia en el bunquer Serpujov-15, centro de mando de los satélites soviéticos de alerta temprana. Su trabajo era supervisar la red de alertas y notificar a sus superiores un ataque con misiles nucleares contra la URSS. Si se detectaba, la estrategia de Moscú era un contraataque nuclear inmediato y obligatorio contra EEUU, especificado en la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada. Poco después de la medianoche, los ordenadores mostraron un misil balístico intercontinental aproximándose a la Unión Soviética. “La sirena aulló, pero me senté allí durante unos segundos, mirando a la pantalla roja, grande, retroiluminada con la palabra ‘lanzamiento’ brillando”, contaba el militar a la BBC, en una entrevista concedida en 2013.

El sistema mencionaba que el nivel de fiabilidad de la alerta era máximo, pero Petrov lo consideró un error informático y, contraviniendo sus órdenes, decidió no informar a sus superiores. Su razonamiento fue que, en caso de ataque, no lanzarían un sólo cohete, sino cientos de ellos. “Un minuto más tarde la sirena sonó de nuevo. Un segundo misil había sido lanzado. Entonces apareció un tercero, un cuarto y un quinto. Los ordenadores cambiaron la alerta de “lanzamiento” a “ataque con misiles”, explicó siendo ya un teniente coronel retirado. Petrov no tenía medios para contrastar el lanzamiento: si esperaban a la confirmación del radar terrestre, que no detectaba misiles más allá del horizonte, la capacidad de respuesta soviética se reducía a pocos minutos pero el oficial, atendiendo a su entrenamiento y su sentido común, desestimó la amenaza. Acudió a los expertos soviéticos que observaban las fuerzas de misiles de EEUU: el grupo de operadores de radar confirmó que no habían registrado ningún lanzamiento. Petrov estaba en lo cierto y todo fue un error. Una investigación posterior determinó que un reflejo solar poco común en nubes de gran altitud llevaron a la lectura errónea que casi detonó un conflicto nuclear.

 

LA LÓGICA DEMENCIAL DE LA DISUASIÓN NUCLEAR.

Durante décadas, la demencial lógica que garantizaba la supervivencia del mundo era la disuasión nuclear: armas tan destructivas que nadie en su sano juicio querría usarlas. Un inquietante poder que conlleva una ingente responsabilidad ausente en el liderazgo mundial de la nueva era: Donald Trump y su argumento“mi botón es más grande que el tuyo”, el ex espía de la Guerra Fría eternizado como gobernante de Rusia o la retórica belicista de Kim Jong-un no resultan precisamente reconfortantes. Para los expertos, ni siquiera es necesario que haya voluntad de generar una guerra nuclear para que el peor escenario suceda: un error mundano, como el acontecido en Hawai, puede llevarnos a la hecatombe nuclear.

Tras la Guerra Fría, “el peligro nunca desapareció”, explicaba en su artículo Schosser. “Hoy en día, las probabilidades de que se inicie una guerra nuclear por error son bajas, y sin embargo, el riesgo aumenta a medida que EEUU y Rusia avanzan hacia la nueva guerra fría”. Para el veterano William Perry, “las posibilidades de una calamidad nuclear son mayores hoy en día que durante la Guerra Fría”, explicaba hace dos años, tras una exitosa prueba norcoreana. “Un nuevo peligro ha aparecido en los últimos tres años: la posibilidad de que haya un intercambio nuclear entre EEUU y Rusia por un error de cálculo o una falsa alarma”.

La consolidación del arsenal atómico de Corea del Norte irrumpe en la ecuación con ferocidad inquietante, combinada con la voluntad norteamericana de ampliar su propio almacén nuclear y la nunca interrumpida carrera nuclear de Moscú. Al cóctel hay que añadir los nuevos retos del siglo XXI: sistemas de control potencialmente obsoletos en algunas potencias nucleares o ataques cibernéticos susceptibles de generar falsas lecturas que conduzcan a un ataque atómico. O retos más clásicos, como la profesionalidad de los encargados: hace unos días, el New York Times recordaba -con motivo de la disputa sobre el tamaño del botón nuclear de Kim y Trump, botón que por cierto no existe: en realidad, es un código alfanumérico- que el presidente Bill Clinton perdió la tarjeta con la contraseña nuclear durante varios meses, en 2010, sin informar a su equipo. Lo desveló en su biografía el general Henry Shelton, jefe del Estado Mayor en aquel entonces.

La llegada de Trump ha avivado esos temores en expertos como Jeffrey Lewis, profesor del Instituto de Estudios Internacionales de Middlebury y miembro del Centro de Estudios para la No Proliferación James Martin: en un artículo publicado en The Washington Post, titulado “Soy experto en armas nucleares y la presidencia de Trump es la peor de mis pesadillas“, el académico recordaba que “con Trump en la Casa Blanca y Kim al timón de Corea del Norte, la disuasión nuclear, piedra angular de la política de Seguridad de Estados Unidos durante los últimos 72 años, parece estar en peligro. Mirando a Trump y Kim, armados hasta los dientes con armas nucleares, debemos preguntarnos si realmente pensamos que ningún líder sería tan imprudente como para hundirnos en el abismo nuclear y que podemos confiar de forma indefinida en la Destrucción Mutuamente Asegurada para preservar la paz”.

En ese sentido se pronunció, en 2016, la demócrata Dianne Feinstein, senadora por California: “cuando más tiempo paso en el Senado, más temo que alguien cometa un error. Un hombre, el presidente, es el responsable. Si comete un error, será el Armagedón”.

 

Origen: ELMUNDO

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