CHINA PRIMERA AUTOCRACIA DIGITAL DISTÓPICA.

 

China sigue dando pasos para convertirse en la primera autocracia digital distópica del planeta. El año próximo se espera que haya 600 millones de cámaras de vigilancia en todo el país –casi una para cada dos habitantes– y las autoridades tendrán en breve disponible una base de datos de reconocimiento facial que almacenará información sobre los 1.300 millones de ciudadanos del país.

La intención final es poner en funcionamiento un sistema de crédito social que conecte todas las calificaciones crediticias, financieras, sociales, políticas y legales de cada ciudadano, y que en caso de que sean bajas pueden hacer que pierda el acceso a la seguridad social, que no pueda ser elegido para un cargo público o tenga problemas para salir del país o en la aduana. Y todo esto, con la ayuda de las grandes tecnológicas del país –como Alibaba y Tencent– y sin que nadie levante la voz.

 

Los expertos creen que estos sistemas sólo son efectivos donde la obediencia forma parte del contexto cultural

 

Las últimas semanas se han conocido dos iniciativas más, ambas dirigidas a ejercer un mayor control sobre los estudiantes chinos, aunque disfrazadas bajo la excusa de controlar el absentismo escolar una, y mejorar la concentración de los alumnos y la calidad de la enseñanza la otra.

Los alumnos de nueve escuelas de la provincia de Guizhou y dos de la región autónoma de Guangxi Zhuang –unos 1.000 en total– ya usan uniformes que incorporan un dispositivo GPS para garantizar a los padres, según dicen las autoridades educativas de estas dos regiones, la asistencia y la seguridad de sus hijos, según informaba el China Daily.

Los uniformes registran la hora y la fecha en la que los estudiantes entran en la escuela, y captura en vídeo sus movimientos para que los padres los pueden ver en una aplicación móvil. También incluyen tecnología de reconocimiento facial para evitar que los niños se cambien el uniforme entre ellos, y si un alumno falta a clase salta una alarma que lo notifica a los profesores y a los padres. Si un estudiante sale del recinto escolar sin permiso, se activa una alarma.

 

Los estados han pasado del monopolio de la violencia al de la vigilancia: todos somos sospechosos

 

Es fácil pensar que China está llegando demasiado lejos en su fantasía orwelliana de control y vigilancia, pero según la filósofa Mar Rosàs –coordinadora de investigación de la cátedra Ethos de la URL– el reto a la hora de analizar este tipo de noticias es entender que estos niveles de control y de entrega de nuestra intimidad y privacidad “también pasan aquí, pero de una forma más sutil”. ¿O a caso Google –por poner un ejemplo– no lo sabe todo de nosotros? La diferencia –dice Rosàs– es quien es el agente de control. “Mientras que en el caso chino es el gobierno, en nuestro caso somos nosotros mismos, que creemos que necesitamos la tecnología para satisfacer, por ejemplo, nuestro alto nivel de autoexigencia profesional que nos hace desear la inmediatez y estar siempre disponibles”, explica Rosàs. “Nuestros sistemas de control basados en la realización personal son más efectivos, pero igualmente terribles”, añade.

Miquel Àngel Prats, profesor titular de Tecnología educativa de la URL-Blanquerna también cree que para no caer en el reduccionismo de pensar que estas cosas sólo ocurren en otros contextos, basta recordar que en Occidente “hay niños que llevan un relojito que les han regalado sus padres, que también va equipado con un GPS, gracias al cual pueden saber en todo momento dónde está su hijo”. Ante este hecho, el profesor de la URL se pregunta: “¿Qué diferencia hay entre este dispositivo y los uniformes chinos?” Para Mar Rosàs, ninguna, y además la proliferación de todos estos sistemas de control demuestran que hay “una crisis de la confianza y de la responsabilidad. Hemos claudicado en favor de un objetivo cortoplacista”, dice Rosàs.

La segunda de las medidas, que también se ha conocido estos días, es un sistema de reconocimiento facial dentro de las aulas que mide el nivel de atención de los alumnos y avisa al profesor si se distraen. Ya se ha implementado en una aula de un colegio de Hangzhou, en la provincia de Zhejiang, que prevé instalarlo en toda la escuela este verano.

Tres cámaras situadas en la pizarra escanean cada 30 segundos las caras de los estudiantes y manda la información a un ordenador capaz de clasificar las expresiones faciales en siete emociones distintas y mediente un algoritmo medir el grado de concentración. El sistema también es capaz de detectar si los chicos leen, escriben o se quedan dormidos.

Para Prats, estas iniciativas confirman la idea de que “la erótica de la tecnología como herramienta de control puede ser muy grande”, y para Rosàs la de que “la tecnología nunca es neutral y que cada vez empapa más nuestra vidas, con su lógica de la inmediatez y la disponibilidad”. Además, los sistemas tecnológicos de control contribuyen a fomentar otra idea no menos peligrosa: “Los sistemas de vigilancia y alarma suelen generar más alarma. Llegamos a la conclusión de que si existen es porque sospechamos que los otros nos engañan, que nuestros hijos nos engañan, lo que ayuda a que cada vez más concibamos al otro como sospechoso”, asegura Mar Rosàs, que cree que este tipo de ideas y el ascenso a escala global de movimientos políticos de extrema derecha forman parte de la misma inercia. “Esto nos convierte en sociedades inmunológicas, en las que nos defendemos los unos de los otros, en lugar de percibirnos como una comunidad”, dice este filósofa citando al filósofo italiano Roberto Esposito.

De todos modos, no se puede negar que el contexto cultural juega su papel, y que este es importante. En opinión de Prats, “es perfectamente posible que en China logren reducir el absentismo escolar y que sus alumnos se concentren más, pero será en gran parte gracias al contexto cultural de obediencia en el que se mueven los alumnos”. En este sentido, Prats recuerda que en España durante el franquismo “nadie se atrevía a hacer pellas, porque era meterse en un lío”. En ese contexto educativo “estos sistemas que ahora ponen en marcha en China funcionan y no se discuten por los elementos coercitivos de una sociedad de carácter dictatorial y autoritaria, como la china actual”.

“Pero con el cambio cultural que ha sufrido nuestro país en los últimos 40 años, la implementación aquí de estos sistemas de control serían inimaginables. Además, ahora los jóvenes pasan de todo, y si quieren no ir a clase, no van. Además cada vez saben más de cuestiones digitales y no les costaría nada encontrar el modo de saltarse estos controles”, asegura Prats.

Para el profesor de Tecnología de la educación, el único modo de que unas cámaras de inteligencia artificial fueran toleradas en una clase española sería, “si se usaran para trabajar determinados aprendizajes, como por ejemplo para que los alumnos se dieran cuenta de con
la facilidad que dejan de prestar atención”.

Una definición clásica del Estado incluía aquello de que era el que ostentaba el monopolio de la violencia. Ahora, tiene la exclusiva del control “que es otra forma de violencia, más psicológica”, dice Rosàs. “El Estado diseña sistemas para entrar en los teléfonos y los dispositivos de gente sospechosa, y a todos nos parece bien, porque creemos que así nos protege. Y ese es el drama, porque no vemos que también es una herramienta para controlarnos a nosotros”.

 

Origen: China controla a los jóvenes

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